11 mar 2012

Capítulo 03. Hoy por ti, mañana por mi


Los rayos del sol de la mañana se colaban por la ventana de la cocina mientras que Sofía, madre de Óscar, fregaba la losa del desayuno. Sus ojos, aún rojos y con señas de haber llorado, miraban fijamente el reloj de la cocina; marcaba las 14:55, su marido estaba a punto de llegar, tragó saliva. De repente, se oye como una llave encaja en la cerradura de la puerta, y esta se abre. Sofía tragó saliva de nuevo, cerró el grifo, cogió un paño y se secó las manos, quitándose también las pequeñas lágrimas de sus ojos. Sabía que no iba a ser un momento cómodo.
El padre entró en la casa, se quitó su abrigo y lo colgó en el perchero. Entró en la cocina, y se fijó en que la mesa estaba puesta, pero su hijo no estaba sentado, como siempre, esperándole para comer. Miró a su mujer.
-¿Dónde está tú hijo? ¿No ha vuelto del instituto? –Dijo con voz ronca, arqueando las cejas.
La madre se mantuvo en silencio, sin responder, temerosa.
-¡Respóndeme cuando te hablo cojones! –Gritó el padre.
-Se ha ido –Dijo ella, con la voz entrecortada.
-¿Qué se ha ido? –Dice el padre en tono sarcástico. –Y, ¿a dónde si puede saberse? –Dijo el padre, sentándose en la silla, colocándose la servilleta en la camisa, disponiéndose a comer.
-No lo sé.
-¿Qué no lo sabes? ¿Ha quedado con amigos? ¿O con esa zorra de Patricia? –Dice el padre, empezando a comer la sopa que se encontraba en su plato.
-Patricia no es una zorra. –Dijo con una voz más firme.
-Vaya, ahora eres la defensora del pueblo. Calla y dime a dónde ha ido.
-Se ha ido, se ha fugado, no volverá.
El padre lentamente deja de comer, posa su cuchara en el plato y se limpia la boca con la servilleta que tenía en su camisa.
-¿Qué se ha fugado? –Dice alzando la voz. -¡Que se ha fugado! –Grita bastante alto.
-Sí, se ha fugado, tan difícil es de entender. –Dice la madre con la voz aún entrecortada.
-No vengas de listilla –Dijo el padre levantándose de la silla. -¡Como coño has permitido que se fuera. No tienes carácter o que.
-¡Se ha ido por tu culpa! –Dijo Sofía, alzando la voz, volviendo a llorar. –Se ha ido porque no te aguanta, porque está harto de tus palizas, y tus gritos.
-¿Mis palizas? ¡Solo lo educo como me educaron a mí! Lo educo para que sea un hombre –Dijo alzando aún más la voz.
-¿Para que sea un hombre? ¡Te parece una bonita educación pegarle si llega 5 minutos tarde a casa¡ -Volvió a gritar la madre, plantándose delante de él.
-¡Lo educo como me dé la gana! Ni tú ni nadie me tiene que decir cómo educarla, ¡Me oyes maldita zorra!
-¡Muérete! ¡Púdrete en el infierno hijo de puta! –Dijo la madre llorando, dándole un puñetazo en el hombro.
El padre, sin inmutarse ante el puñetazo, reacciona dándole un bofetón a Sofía, y esta cae al suelo.
-¿Cómo se te ocurre levantarme la voz? ¿Quién te crees que eres para hacerlo? –Dijo el padre, acercándose a ella.
-¡Estoy harta! ¡Harta de ti! ¡Déjame en paz! –Dijo ella, arrastrándose por el suelo, intentando alejarse de él.
-¡Que no me levantes la voz joder! –Dijo el padre, pegándole una patada, y otra, y otra más.
La madre encogida en el suelo, lloraba, mientras que de su boca salía sangre.
-Solo eres un cobarde, que ahoga sus penas pegándole a los demás.
El padre respiraba fuerte, giró su cabeza y vio el bate que estaba en la pared. Se acercó al bate y lo descolgó, lo miró fijamente y luego clavó la mirada en su mujer, que estaba en el suelo.
-No por favor, John no lo hagas, por favor –Dijo la madre en el suelo.
John, el padre, hizo caso omiso a las súplicas de su mujer, y se acercó a ella con el bate. Con cara de cabreado, alzó el bate, y luego, lo estampó contra su mujer.
-¡Como eres capaz de decir eso! ¡No tienes respeto hacia a mi furcia! –Dijo John, golpeándola con el bate al ritmo de sus palabras.
-John, por favor, ¡para! –Dice la madre, llorando y sangrando.
-Ahora quieres que pare, eh, ahora quieres que pare –Dijo el padre mientras seguía dándole con el bate.
-John, por favor –Dice la madre, sangrando.
El padre para de pegarle y suelta el bate lleno de sangre, que cae al suelo. John mira a su mujer, respirando fuertemente. Se agacha, y la mira, la coge por el cuello y hace que ella le mire a él.
-Ahora voy a llamar a la policía, y vas a seguirme el juego, vas a hacer lo que yo te diga, ¿entendido?
-Te crees que no les contaré que me has pegado –Dijo la madre como pudo, con la boca llena de sangre.
-Si les cuentas que esto lo he hecho yo, te mataré, juro por dios que te mataré, te queda claro.
La mujer asintió levemente, y le padre soltó su cuello y la mujer cayó al suelo de nuevo. El padre se levantó y se lavó las manos en el fregadero. Se las secó y se dirigió al teléfono y marcó el número de emergencias, y esperó a que alguien contestara.
-Hola, buenos días, vera, es que he llegado a casa, y me he encontrado a mi mujer en el suelo, llena de sangre, con un bate de beisbol al lado. Casi no puede hablar, me da que ha sido mi hijo, no está en casa, ni sus cosas tampoco, creo que le ha pegado una paliza a su madre y se ha fugado de casa.
-Muy bien señor, tranquilícese, le mandaremos una ambulancia enseguida, trasladará a su mujer al hospital más cercano –Dice la chica de los servicios de emergencias.
-De acuerdo, por favor, no tarden mucho, estoy muy preocupado. –Dijo el hombre, con voz triste.
-En 20 minutos tendrá ahí una ambulancia, tranquilo, todo saldrá bien.
-Muchas gracias. -Dijo el hombre y colgó
La mujer, no podía creer lo que estaba escuchando. John se acercó a ella lentamente y se volvió a agachar, la miró fijamente a los ojos.
-¿Cómo has podido decir eso John? –Dijo ella, escupiendo sangre de su boca.
-¿Te crees que voy a dejar que ese niño se salga con la suya? –Dijo sonriendo.
-Eres cruel John, muy cruel.
-Ah, por cierto, como se te ocurra decir que esto lo he hecho yo, te mataré, ¿cree que lo dejé bien claro antes verdad’ –Dijo sonriendo.
La mujer no negó ni asintió, solo le miró fijamente. El hombre se levantó y se puso firme de nuevo y lentamente, se alejo de su mujer.
-Ya no eres el hombre que yo conocí John, ya no eres el mismo. –Dijo la mujer, apoyándose en la pared, quedando sentada, mirando hacia su marido, sangrando.
El hombre se alejó de su mujer y llegó hasta la ventana de la cocina. La había oído, pero no quiso contestarle. Suspiró y se quedó mirando fijamente por la ventana, esperando a que llegara la ambulancia.
*
El reloj de la cocina marcaba las 12:45 del día. Alfredo (padre de Patricia) se encontraba en la cocina, sentado en el suelo, mirando hacia la entrada de la casa (que podía verse desde la cocina), por donde había salido su hija esa misma mañana. Alfredo se levantó poco a poco, como pudo, sangrando por un brazo, el costado, la cabeza y la boca. Lentamente fue acercándose hasta la puerta de entrada, en la que se apoyó y miro al horizonte, con un ojo morado, y un dolor de cabeza impresionante. La luz del sol le molestaba, pero pudo aguantar. Justo cuando el padre estaba la puerta, la vecina, doña Eulalia pasaba por delante de la casa, con la cesta en la que tría la compra del mercado. La señora guío la vista hacia la casa de Alfredo, y de repente, lo vio en la puerta, sangrando, de pie.
-¡Pero don Alfredo! –Dijo Eulalia, totalmente sorprendida, dejo la bolsa en la acera, sin importarle lo que le pasará a dicha bolsa, y corrió hasta el porche de la casa. Cuando llegó, agarró a Alfredo por un brazo, y lo sentó en un banco que había en porche.
-Alfredo, ¿qué te ha pasado? –Dijo la mujer, preocupada, buscando entre su bolso, un pañuelo que siempre llevaba. -¿Alfredo? De verdad, no es una broma, ¿qué te ha pasado? –Dijo de nuevo, insistiéndole al hombre, mientras le limpiaba la sangre como podía.
-¡Au! Cuidado, eso duele –Dijo el hombre, cuando Eulalia pasó el pañuelo por una de las heridas de la boca.
-Alfredo, no estoy para broma, ¿qué ha pasado? ¿Quién te ha hecho esto? –Dijo la mujer-
-Ha sido… -El hombre se paró antes de seguir hablando, y calló un buen rato, mirando al frente, pensando en lo que iba a decir, recordando cosas, que le hacían contradecirse en su cabeza, recuerdos, buenos, malos… cosas que hizo bien, cosas que hizo mal. Muchas cosas, que le hicieron recapacitar.
-¿Quién ha sido? –Dijo la mujer, intrigada, y ansiosa por ayudarle.
-Han sido, un grupo de chicos –Dijo el hombre.
-¿Algo así como, una banda?
-Sí, algo así, eran unos 4 o 5 chicos, con las caras tapadas.
-¿Pudiste reconocer sus voces?
-No, no me eran conocidas, pero puedo asegurar que no era portugueses, ni españoles, tenían otro tipo de acento –Dijo el hombre, mientras Eulalia secaba la sangre de sus mofletes.
-Será mejor que te lleve al hospital, tiene que curarte esas heridas. Y también denunciaremos a la policía.
-¡NO! –Dijo el hombre. –Nada de denuncias.
-¿Es que, te han amenazado si les denuncias?
-No es eso, pero no quiero más problemas, si les denuncio, pueden venir a por mí de nuevo, y hacerme algo peor. –Dijo del hombre suspirando.
-Pero no puede quedarse esto así, hay que parar los pies a esa gente, les denunciaré yo.
-¡He dicho que no habrá denuncias! –Dijo Alfredo, alzando la voz.
-Pero…
-Pero nada, si me vas a ayudar con el fin de denunciarles, ni te molestes. Si quieres ayudarme, hazlo como yo te pido. –Dijo el hombre mirándola.
-Bueno, si es tu decisión Alfredo, no haré nada que no quieras –Suspiró la mujer.
-Gracias. –Dijo el hombre, poniéndose de pie, ayudándose de Eulalia.
-Con cuidado Alfredo, vamos, tengo el coche aquí al lado.
Los dos caminaron hacia el coche. Alfredo se agarraba de la cintura de Eulalia, para no caerse. Lentamente caminaron hasta llegar al coche, al cual subieron, Alfredo en el asiento de copiloto, y Eulalia en el asiento de conductora. La mujer arrancó el coche, y comenzó a conducir hacia el hospital.
Mientras conducía, Eulalia llevó su mano hasta el muslo de Alfredo, el cual miraba por la ventanilla. Cuando el hombre sintió la mano de Eulalia, llevó la suya, y la puso encima de la de la mujer, acariciándola lentamente, dedo por dedo, falange por falange. La mujer giró la cabeza un momento y le sonrío al hombre, él la vio de reojo y le esbozó una sonrisa también.
-Tranquilo, todo saldrá, lo prometo –Dijo la muer acariciando el muslo del hombre.
El hombre agarró fuerte la mano de Eulalia, en gesto de agradecimiento por lo que hacía por él. La mujer sonríe levemente ante ese gesto del hombre, y sigue conduciendo de camino al hospital, apartando la mano del muslo de Alfredo a cada rato, para cambiar las marchas del vehículo, pero siempre volviéndola a poner en dicho sitio. Para hacer el viaje más ameno, la mujer encendió la radio, y puso su emisora favorita, en la que sonaba Yesterday, de The Beatles.

*
Tras un largo viaje, se oye un leve chirrido que indica que el autobús frena. Tras sonar aquel ruido, Óscar, que había ido todo el trayecto despierto, mira a Patricia, y lentamente aparta un mechón de su cara, y lo pone detrás de su oreja. Tras ese movimiento, Patricia abre los ojos lentamente, se frota los ojos con sus manos, y se incorpora en el asiento del autobús. Después de abrir los ojos por completo, sonríe al ver a Oscar, y lo mira fijamente.
-Hemos llegado a… -Dijo el chico, pero antes de acabará la frase, Patricia se abalanzó sobre él y lo besó en los labios, un besó húmedo, dulce, cariñoso. Cuando concluyó el beso, la chica se apartó y le miró sonriendo.
-A La Frontera –Termino de decir el chico, sonrojado tras el maravilloso beso.
El autobús paró por fin, y las puertas se abrieron lentamente. Los chicos bajaron de sus asientos, cogieron sus cosas y fueron hasta la puerta del autobús. Al llegar y comenzar a bajar el chofer les dijo:
-Esto es lo más cerca que os puedo dejar de la Frontera, es un pueblo, se llama Segura. –Dijo el chofer. –Si seguís caminando por esa carretera llegaréis en un par de horas, puede que tres a la Frontera.
Los chicos asintieron y bajaron del autobús, el cual justo después bajaron ellos, cerró sus puertas y arrancó de nuevo, alejándose del sitio donde los había dejado.
Ya cuando el ruido del motor del autobús era casi imperceptible por el oído de los jóvenes, se miraron mutuamente.
-¿Y ahora? ¿Qué hacemos? –Dijo Patricia.
-Pues… -Se hizo un silencio largo –No lo sé.
-¿Pasamos la noche aquí? –Dijo la chica, ilusionada por la idea, con las mochilas en las manos.
-No  sé si es buena idea Patri.
-¿Por qué no?
El chico miro su reloj, y luego a ella
-Porque es posible que mi padre, al no verme en casa, haya llamado a la Policía, y puede que estén ya buscándonos. –Dijo el chico, con preocupación.
-Bueno, pues entonces, hagamos lo que dijo el conductor del bus, caminemos hasta la frontera, si aligeramos el paso, puede que lleguemos en, 2 horas o 2 horas y media –Sonrío la niña.
-Sí, creo que será lo mejor. –Dijo el chico, y se ajustó bien las mochilas, para comenzar a caminar.
Patricia, sonriendo, se puso a su lado y los dos juntos comenzaron a andar. Tras unos minutos de caminata, la chica, acerco levemente su mano a la del chico, hasta unir sus dedos tímidamente. Dada esta reacción, Óscar sonrío y enganchó definitivamente su mano con la de Patricia. Y así, cogidos de la mano, caminaron por aquella carretera que les había señalado el conductor del autobús.

Tras un periodo de hora y media de camino, eran más o menos las 23:00 de la noche. La luna brillaba en el cielo, despejado, era una noche tranquila. Mientras lo jóvenes caminaban, el sonido del grillo perturbaba la mente de Oscar, en la cual habían muchos pensamientos tales como que hacer cuando pasen la frontera, si, estarán en España, pero… ¿Si les para la Policía que pasa? No llevan documentación Española, serían devueltos inmediatamente a Portugal. Pero ese no era el único problema, también, el alojamiento… eran menores, y no sería fácil alojarse en un hotel, o incluso hostal. Los nervios de Óscar eran cada vez más, no sabía qué hacer. Miró a la chica y le sonrío.
-¿Estás bien? –Preguntó Patricia al chico.
-Sí, ¿por qué lo preguntas?
-No sé, te noto raro.
-Bueno, estoy cansado la verdad, llevo todo el viaje despierto, cuidándote –Sonrío el chico sin soltar su mano.
-Deberíamos haber dormido en el pueblo.
-No cielo, era peligroso, mejor así, venga, ¿No debe faltar mucho no?, o eso espero –Dijo el chico riendo leve.
Mientras seguían caminando, de repente, oyeron un ruido, era como un motor. Al cabo de unos segundos pudieron confirmarlo, se trataba de un motor, exactamente, un coche, pues no sonaba como un camión o como autobús. Mientras seguían caminando, notaron como el ruido cada vez estaba más cerca, y ya veían como se iluminaba la carretera delante de ellos. Lentamente, el coche fue frenando hasta quedar a la altura de los dos jóvenes. La ventanilla del copiloto (la que daba hacia los jóvenes) se bajó, y una mujer estaba sentada en el asiento del copiloto. En el asiento del piloto, un hombre asomó su cabeza, para poder visto, y sonrío a los dos jóvenes.
-¡Buenas Noches! –Dijo sonriendo. ¿Estáis bien?
Los chicos se fijaron en que el coche ahora iba al ritmo de ellos, y que el conductor muy amable les había dirigido la palabra.
-Buenas Noches –Se atrevió a decir Patricia, sonriendo a los ocupantes del vehículo. –Pues estamos bien, si.
-¿A dónde vais a estar horas? –Dijo el conductor.
Óscar miró a Patricia con cara de preocupación. La chica le dirigió una sonrisa, y asintió levemente, en respuesta de una pregunta que Óscar no había formulado verbalmente, pero si con la mirada.
-Vamos a la Frontera, a cruzar a España. –Dijo por fin el chico.
-¿Vais solos? –Dijo la mujer que iba en el asiento del copiloto, con una voz muy dulce y cálida.
-Sí. –Dijo tímidamente Patricia, con su voz angelical, de niña dulce y cariñosa.
-¿Y a qué comunidad vais? –Dijo el conductor.
Los chicos se miraron un momento, sobre saltados, pues no sabían las comunidades españolas. Bueno, algunas si, Madrid, Barcelona… pero no sabían su ubicación en el plano.
El hombre los miró durante unos segundos, sonriendo.
-Por causalidad, ¿vais a Cáceres? –Dijo el conductor, aún sonriendo. –Es que nosotros vivimos en Cáceres.
Los jóvenes pararon un segundo y se miraron mutuamente, cada uno a los ojos. Aunque no dijeran palabra alguna, los dos sabían perfectamente el tema de conversación. Pensaron durante casi dos minutos, en los cuales tomaron una decisión definitiva.
-Bueno, si, vamos a Cáceres –Dijo Patricia, mintiendo, porque uno, no iban a Cáceres, y dos, ni si quiera sabía donde se ubicaba.
-Oh, bueno, si queréis, podemos llevaros. –Dijo el conductor muy amable. –También vamos a Cáceres, de hecho, vivimos allí.
Los dos miraron a los ocupantes del Vehículo.
-¿De verdad nos llevaría? –Dijo Óscar tímidamente, escupiendo la primera frase desde que el coche había llegado hasta ellos.
-¡Claro! Anda, subid, atrás hay hueco, venga, no seáis tímidos. –Dijo el conductor, colocándose bien en su asiento, esperando a que los jóvenes entraran en el coche.
Patricia miró a Óscar, y Óscar a Patricia. Sin más preámbulos el chico se acerca al coche, y abre la puerta de atrás, lentamente. Del coche salió un aroma muy fresco y primaveral, seguramente algún ambientador de coche, de esos que están de moda, con aroma a “Lavanda” o “Frutas del bosque”. El chico tragó saliva, y dejó entrar a Patricia al coche primero, la que lentamente, se adentró en el vehículo, sentándose en el sillón, y haciendo hueco para que entrara Óscar. La mujer del conductor bajo del coche y fue hasta donde estaba Óscar, antes de que este entrara, y le acarició el brazo lentamente, dedicándole una sonrisa.
-Déjame las maletas, las pondré en portabultos –Dijo amablemente la mujer.
-Gracias –Dijo Óscar dándole las 4 mochilas que llevaban en total a la mujer, la cual fue lentamente hasta el portabultos, lo abrió dejando las mochilas dentro y lo cerró nuevamente, dirigiéndose de nuevo a su asiento de copiloto.
El chico entró en el coche justo al mismo tiempo que la mujer cerraba el portabultos. Cuando ya estaban los cuatro dentro del coche, el amable conductor se giró hacia ellos y les sonrío.
-Perdonad, no me he presentado, Juan Carlos, y ella mi mujer Lidia.
Los dos jóvenes sonrieron.
-Yo soy Óscar, y ella es mi… -Hubo un paro en el tiempo en el cual Óscar pensó en la palabra que iba a decir. Después de unos 8 segundos de silencio, continuó la frase decidido. –Mi novia, Patricia –Dijo por fin el chico.
Patricia se sonrojo, y sonrió ampliamente al oír la palabra “novia” salir de la boca de Óscar. Quedó muy emocionada y contenta.
-¡Ala! Sois pareja, que bonito es el amor a vuestra edad –Sonrío Juan Carlos, cogiendo la mano de Lidia. –Nosotros llevábamos 4 años casados, y comenzamos a salir con 16 años, y nunca me he arrepentido de la mujer que conocí –Dijo Juan Carlos besando la mano de Lidia, la que se sonrojo al segundo.
-Me alegro por vosotros –Dijo sonriendo Patricia, busca en el sillón la mano de Óscar, la que encontró en poco tiempo,  agarró fuerte.
-Gracias, espero que vosotros seáis muy felices también –Dijo Lidia sonriendo a los jóvenes.
-Bueno –Juan Carlos miró su reloj, marcaba las 22:58. –Será mejor que nos pongamos en marcha ya, así llegaremos antes –Dijo y se colocó bien el cinturón, arrancando el motor al instante.
-¿A qué hora llegaremos a Cáceres? –Dijo Patricia, mirando al conductor.
-Depende, ¿A qué parte vais?
Los jóvenes se miraron y Patricia tomó la palabra en esta conversación.
-Bueno, en realidad, no vamos a ninguna parte. –Dijo la chica tímida.
-¿Eh? ¿Cómo dices? ¿A qué te refieres? –Dijo el conductor, mientras ya comenzaba a conducir el coche, aumentando la velocidad moderadamente.
-Pues, que… -Patricia dio un suspiro y continuó. –En realidad, nos hemos, fugado de casa.
El conductor les miró por el retrovisor, pero no paró el coche, cosa que le extraño a Patricia. Les miró con cara de preocupación.
-¿Fugado? ¿Por qué lo habéis hecho chicos? –Dijo Juan Carlos mientras les miraba por el retrovisor.
-Es una larga historia –Dijo Óscar, interviniendo en la conversación.
-Tranquilos, tenemos todo el tiempo del mundo, no haremos nada malo, confiad en nosotros, explicaos. –Dijo Juan Carlos mientras los miraba por el retrovisor cada varios minutos, ya que debía concentrarse en la carretera.
Los jóvenes se miraron mutuamente, Patricia suspiró y Óscar apretó la mano de la chica fuertemente, luego llevo la mano a sus labios y la besó, sin quitarle ojo a Patricia, y después de besarle la mano, asintió levemente.
La chica reaccionó con una leve sonrisa, sonrojándose después de que Óscar besara su mano. Patricia, nervioso ante la situación, suspiró,  y sin soltar la mano de Óscar, levantó la mirada, dispuesta a contarle a esa pareja tan amable, todo lo ocurrido en el pasado, mientras el coche se aleja lentamente de aquel inhóspito lugar en medio de la nada, en dirección a la Frontera, para cruzar a Cáceres.

No hay comentarios:

Publicar un comentario