Los rayos del sol de la mañana se colaban por la ventana de
la cocina mientras que Sofía, madre de Óscar, fregaba la losa del desayuno. Sus
ojos, aún rojos y con señas de haber llorado, miraban fijamente el reloj de la
cocina; marcaba las 14:55, su marido estaba a punto de llegar, tragó saliva. De
repente, se oye como una llave encaja en la cerradura de la puerta, y esta se
abre. Sofía tragó saliva de nuevo, cerró el grifo, cogió un paño y se secó las
manos, quitándose también las pequeñas lágrimas de sus ojos. Sabía que no iba a
ser un momento cómodo.
El padre entró en la casa, se quitó su abrigo y lo colgó en
el perchero. Entró en la cocina, y se fijó en que la mesa estaba puesta, pero
su hijo no estaba sentado, como siempre, esperándole para comer. Miró a su
mujer.
-¿Dónde está tú hijo? ¿No ha vuelto del instituto? –Dijo con
voz ronca, arqueando las cejas.
La madre se mantuvo en silencio, sin responder, temerosa.
-¡Respóndeme cuando te hablo cojones! –Gritó el padre.
-Se ha ido –Dijo ella, con la voz entrecortada.
-¿Qué se ha ido? –Dice el padre en tono sarcástico. –Y, ¿a
dónde si puede saberse? –Dijo el padre, sentándose en la silla, colocándose la
servilleta en la camisa, disponiéndose a comer.
-No lo sé.
-¿Qué no lo sabes? ¿Ha quedado con amigos? ¿O con esa zorra
de Patricia? –Dice el padre, empezando a comer la sopa que se encontraba en su
plato.
-Patricia no es una zorra. –Dijo con una voz más firme.
-Vaya, ahora eres la defensora del pueblo. Calla y dime a
dónde ha ido.
-Se ha ido, se ha fugado, no volverá.
El padre lentamente deja de comer, posa su cuchara en el
plato y se limpia la boca con la servilleta que tenía en su camisa.
-¿Qué se ha fugado? –Dice alzando la voz. -¡Que se ha
fugado! –Grita bastante alto.
-Sí, se ha fugado, tan difícil es de entender. –Dice la madre
con la voz aún entrecortada.
-No vengas de listilla –Dijo el padre levantándose de la
silla. -¡Como coño has permitido que se fuera. No tienes carácter o que.
-¡Se ha ido por tu culpa! –Dijo Sofía, alzando la voz,
volviendo a llorar. –Se ha ido porque no te aguanta, porque está harto de tus
palizas, y tus gritos.
-¿Mis palizas? ¡Solo lo educo como me educaron a mí! Lo
educo para que sea un hombre –Dijo alzando aún más la voz.
-¿Para que sea un hombre? ¡Te parece una bonita educación pegarle
si llega 5 minutos tarde a casa¡ -Volvió a gritar la madre, plantándose delante
de él.
-¡Lo educo como me dé la gana! Ni tú ni nadie me tiene que
decir cómo educarla, ¡Me oyes maldita zorra!
-¡Muérete! ¡Púdrete en el infierno hijo de puta! –Dijo la
madre llorando, dándole un puñetazo en el hombro.
El padre, sin inmutarse ante el puñetazo, reacciona dándole
un bofetón a Sofía, y esta cae al suelo.
-¿Cómo se te ocurre levantarme la voz? ¿Quién te crees que
eres para hacerlo? –Dijo el padre, acercándose a ella.
-¡Estoy harta! ¡Harta de ti! ¡Déjame en paz! –Dijo ella,
arrastrándose por el suelo, intentando alejarse de él.
-¡Que no me levantes la voz joder! –Dijo el padre, pegándole
una patada, y otra, y otra más.
La madre encogida en el suelo, lloraba, mientras que de su
boca salía sangre.
-Solo eres un cobarde, que ahoga sus penas pegándole a los
demás.
El padre respiraba fuerte, giró su cabeza y vio el bate que
estaba en la pared. Se acercó al bate y lo descolgó, lo miró fijamente y luego
clavó la mirada en su mujer, que estaba en el suelo.
-No por favor, John no lo hagas, por favor –Dijo la madre en
el suelo.
John, el padre, hizo caso omiso a las súplicas de su mujer,
y se acercó a ella con el bate. Con cara de cabreado, alzó el bate, y luego, lo
estampó contra su mujer.
-¡Como eres capaz de decir eso! ¡No tienes respeto hacia a
mi furcia! –Dijo John, golpeándola con el bate al ritmo de sus palabras.
-John, por favor, ¡para! –Dice la madre, llorando y
sangrando.
-Ahora quieres que pare, eh, ahora quieres que pare –Dijo el
padre mientras seguía dándole con el bate.
-John, por favor –Dice la madre, sangrando.
El padre para de pegarle y suelta el bate lleno de sangre,
que cae al suelo. John mira a su mujer, respirando fuertemente. Se agacha, y la
mira, la coge por el cuello y hace que ella le mire a él.
-Ahora voy a llamar a la policía, y vas a seguirme el juego,
vas a hacer lo que yo te diga, ¿entendido?
-Te crees que no les contaré que me has pegado –Dijo la
madre como pudo, con la boca llena de sangre.
-Si les cuentas que esto lo he hecho yo, te mataré, juro por
dios que te mataré, te queda claro.
La mujer asintió levemente, y le padre soltó su cuello y la
mujer cayó al suelo de nuevo. El padre se levantó y se lavó las manos en el
fregadero. Se las secó y se dirigió al teléfono y marcó el número de
emergencias, y esperó a que alguien contestara.
-Hola, buenos días, vera, es que he llegado a casa, y me he
encontrado a mi mujer en el suelo, llena de sangre, con un bate de beisbol al
lado. Casi no puede hablar, me da que ha sido mi hijo, no está en casa, ni sus
cosas tampoco, creo que le ha pegado una paliza a su madre y se ha fugado de
casa.
-Muy bien señor, tranquilícese, le mandaremos una ambulancia
enseguida, trasladará a su mujer al hospital más cercano –Dice la chica de los
servicios de emergencias.
-De acuerdo, por favor, no tarden mucho, estoy muy
preocupado. –Dijo el hombre, con voz triste.
-En 20 minutos tendrá ahí una ambulancia, tranquilo, todo
saldrá bien.
-Muchas gracias. -Dijo el hombre y colgó
La mujer, no podía creer lo que estaba escuchando. John se
acercó a ella lentamente y se volvió a agachar, la miró fijamente a los ojos.
-¿Cómo has podido decir eso John? –Dijo ella, escupiendo
sangre de su boca.
-¿Te crees que voy a dejar que ese niño se salga con la
suya? –Dijo sonriendo.
-Eres cruel John, muy cruel.
-Ah, por cierto, como se te ocurra decir que esto lo he
hecho yo, te mataré, ¿cree que lo dejé bien claro antes verdad’ –Dijo
sonriendo.
La mujer no negó ni asintió, solo le miró fijamente. El
hombre se levantó y se puso firme de nuevo y lentamente, se alejo de su mujer.
-Ya no eres el hombre que yo conocí John, ya no eres el
mismo. –Dijo la mujer, apoyándose en la pared, quedando sentada, mirando hacia
su marido, sangrando.
El hombre se alejó de su mujer y llegó hasta la ventana de
la cocina. La había oído, pero no quiso contestarle. Suspiró y se quedó mirando
fijamente por la ventana, esperando a que llegara la ambulancia.
*
El reloj de la cocina marcaba las 12:45 del día. Alfredo
(padre de Patricia) se encontraba en la cocina, sentado en el suelo, mirando
hacia la entrada de la casa (que podía verse desde la cocina), por donde había
salido su hija esa misma mañana. Alfredo se levantó poco a poco, como pudo,
sangrando por un brazo, el costado, la cabeza y la boca. Lentamente fue
acercándose hasta la puerta de entrada, en la que se apoyó y miro al horizonte,
con un ojo morado, y un dolor de cabeza impresionante. La luz del sol le
molestaba, pero pudo aguantar. Justo cuando el padre estaba la puerta, la
vecina, doña Eulalia pasaba por delante de la casa, con la cesta en la que tría
la compra del mercado. La señora guío la vista hacia la casa de Alfredo, y de
repente, lo vio en la puerta, sangrando, de pie.
-¡Pero don Alfredo! –Dijo Eulalia, totalmente sorprendida,
dejo la bolsa en la acera, sin importarle lo que le pasará a dicha bolsa, y
corrió hasta el porche de la casa. Cuando llegó, agarró a Alfredo por un brazo,
y lo sentó en un banco que había en porche.
-Alfredo, ¿qué te ha pasado? –Dijo la mujer, preocupada,
buscando entre su bolso, un pañuelo que siempre llevaba. -¿Alfredo? De verdad,
no es una broma, ¿qué te ha pasado? –Dijo de nuevo, insistiéndole al hombre,
mientras le limpiaba la sangre como podía.
-¡Au! Cuidado, eso duele –Dijo el hombre, cuando Eulalia
pasó el pañuelo por una de las heridas de la boca.
-Alfredo, no estoy para broma, ¿qué ha pasado? ¿Quién te ha
hecho esto? –Dijo la mujer-
-Ha sido… -El hombre se paró antes de seguir hablando, y
calló un buen rato, mirando al frente, pensando en lo que iba a decir,
recordando cosas, que le hacían contradecirse en su cabeza, recuerdos, buenos,
malos… cosas que hizo bien, cosas que hizo mal. Muchas cosas, que le hicieron
recapacitar.
-¿Quién ha sido? –Dijo la mujer, intrigada, y ansiosa por
ayudarle.
-Han sido, un grupo de chicos –Dijo el hombre.
-¿Algo así como, una banda?
-Sí, algo así, eran unos 4 o 5 chicos, con las caras
tapadas.
-¿Pudiste reconocer sus voces?
-No, no me eran conocidas, pero puedo asegurar que no era
portugueses, ni españoles, tenían otro tipo de acento –Dijo el hombre, mientras
Eulalia secaba la sangre de sus mofletes.
-Será mejor que te lleve al hospital, tiene que curarte esas
heridas. Y también denunciaremos a la policía.
-¡NO! –Dijo el hombre. –Nada de denuncias.
-¿Es que, te han amenazado si les denuncias?
-No es eso, pero no quiero más problemas, si les denuncio,
pueden venir a por mí de nuevo, y hacerme algo peor. –Dijo del hombre
suspirando.
-Pero no puede quedarse esto así, hay que parar los pies a
esa gente, les denunciaré yo.
-¡He dicho que no habrá denuncias! –Dijo Alfredo, alzando la
voz.
-Pero…
-Pero nada, si me vas a ayudar con el fin de denunciarles,
ni te molestes. Si quieres ayudarme, hazlo como yo te pido. –Dijo el hombre
mirándola.
-Bueno, si es tu decisión Alfredo, no haré nada que no
quieras –Suspiró la mujer.
-Gracias. –Dijo el hombre, poniéndose de pie, ayudándose de
Eulalia.
-Con cuidado Alfredo, vamos, tengo el coche aquí al lado.
Los dos caminaron hacia el coche. Alfredo se agarraba de la
cintura de Eulalia, para no caerse. Lentamente caminaron hasta llegar al coche,
al cual subieron, Alfredo en el asiento de copiloto, y Eulalia en el asiento de
conductora. La mujer arrancó el coche, y comenzó a conducir hacia el hospital.
Mientras conducía, Eulalia llevó su mano hasta el muslo de
Alfredo, el cual miraba por la ventanilla. Cuando el hombre sintió la mano de
Eulalia, llevó la suya, y la puso encima de la de la mujer, acariciándola
lentamente, dedo por dedo, falange por falange. La mujer giró la cabeza un
momento y le sonrío al hombre, él la vio de reojo y le esbozó una sonrisa
también.
-Tranquilo, todo saldrá, lo prometo –Dijo la muer
acariciando el muslo del hombre.
El hombre agarró fuerte la mano de Eulalia, en gesto de
agradecimiento por lo que hacía por él. La mujer sonríe levemente ante ese
gesto del hombre, y sigue conduciendo de camino al hospital, apartando la mano
del muslo de Alfredo a cada rato, para cambiar las marchas del vehículo, pero
siempre volviéndola a poner en dicho sitio. Para hacer el viaje más ameno, la
mujer encendió la radio, y puso su emisora favorita, en la que sonaba
Yesterday, de The Beatles.
*
Tras un largo viaje, se oye un leve chirrido que indica que
el autobús frena. Tras sonar aquel ruido, Óscar, que había ido todo el trayecto
despierto, mira a Patricia, y lentamente aparta un mechón de su cara, y lo pone
detrás de su oreja. Tras ese movimiento, Patricia abre los ojos lentamente, se
frota los ojos con sus manos, y se incorpora en el asiento del autobús. Después
de abrir los ojos por completo, sonríe al ver a Oscar, y lo mira fijamente.
-Hemos llegado a… -Dijo el chico, pero antes de acabará la
frase, Patricia se abalanzó sobre él y lo besó en los labios, un besó húmedo,
dulce, cariñoso. Cuando concluyó el beso, la chica se apartó y le miró
sonriendo.
-A La Frontera –Termino de decir el chico, sonrojado tras el
maravilloso beso.
El autobús paró por fin, y las puertas se abrieron
lentamente. Los chicos bajaron de sus asientos, cogieron sus cosas y fueron
hasta la puerta del autobús. Al llegar y comenzar a bajar el chofer les dijo:
-Esto es lo más cerca que os puedo dejar de la Frontera, es
un pueblo, se llama Segura. –Dijo el chofer. –Si seguís caminando por esa
carretera llegaréis en un par de horas, puede que tres a la Frontera.
Los chicos asintieron y bajaron del autobús, el cual justo
después bajaron ellos, cerró sus puertas y arrancó de nuevo, alejándose del
sitio donde los había dejado.
Ya cuando el ruido del motor del autobús era casi
imperceptible por el oído de los jóvenes, se miraron mutuamente.
-¿Y ahora? ¿Qué hacemos? –Dijo Patricia.
-Pues… -Se hizo un silencio largo –No lo sé.
-¿Pasamos la noche aquí? –Dijo la chica, ilusionada por la
idea, con las mochilas en las manos.
-No sé si es buena
idea Patri.
-¿Por qué no?
El chico miro su reloj, y luego a ella
-Porque es posible que mi padre, al no verme en casa, haya
llamado a la Policía, y puede que estén ya buscándonos. –Dijo el chico, con
preocupación.
-Bueno, pues entonces, hagamos lo que dijo el conductor del
bus, caminemos hasta la frontera, si aligeramos el paso, puede que lleguemos
en, 2 horas o 2 horas y media –Sonrío la niña.
-Sí, creo que será lo mejor. –Dijo el chico, y se ajustó
bien las mochilas, para comenzar a caminar.
Patricia, sonriendo, se puso a su lado y los dos juntos
comenzaron a andar. Tras unos minutos de caminata, la chica, acerco levemente
su mano a la del chico, hasta unir sus dedos tímidamente. Dada esta reacción,
Óscar sonrío y enganchó definitivamente su mano con la de Patricia. Y así,
cogidos de la mano, caminaron por aquella carretera que les había señalado el
conductor del autobús.
Tras un periodo de hora y media de camino, eran más o menos
las 23:00 de la noche. La luna brillaba en el cielo, despejado, era una noche
tranquila. Mientras lo jóvenes caminaban, el sonido del grillo perturbaba la
mente de Oscar, en la cual habían muchos pensamientos tales como que hacer
cuando pasen la frontera, si, estarán en España, pero… ¿Si les para la Policía
que pasa? No llevan documentación Española, serían devueltos inmediatamente a
Portugal. Pero ese no era el único problema, también, el alojamiento… eran
menores, y no sería fácil alojarse en un hotel, o incluso hostal. Los nervios
de Óscar eran cada vez más, no sabía qué hacer. Miró a la chica y le sonrío.
-¿Estás bien? –Preguntó Patricia al chico.
-Sí, ¿por qué lo preguntas?
-No sé, te noto raro.
-Bueno, estoy cansado la verdad, llevo todo el viaje
despierto, cuidándote –Sonrío el chico sin soltar su mano.
-Deberíamos haber dormido en el pueblo.
-No cielo, era peligroso, mejor así, venga, ¿No debe faltar
mucho no?, o eso espero –Dijo el chico riendo leve.
Mientras seguían caminando, de repente, oyeron un ruido, era
como un motor. Al cabo de unos segundos pudieron confirmarlo, se trataba de un
motor, exactamente, un coche, pues no sonaba como un camión o como autobús.
Mientras seguían caminando, notaron como el ruido cada vez estaba más cerca, y
ya veían como se iluminaba la carretera delante de ellos. Lentamente, el coche
fue frenando hasta quedar a la altura de los dos jóvenes. La ventanilla del
copiloto (la que daba hacia los jóvenes) se bajó, y una mujer estaba sentada en
el asiento del copiloto. En el asiento del piloto, un hombre asomó su cabeza,
para poder visto, y sonrío a los dos jóvenes.
-¡Buenas Noches! –Dijo sonriendo. ¿Estáis bien?
Los chicos se fijaron en que el coche ahora iba al ritmo de
ellos, y que el conductor muy amable les había dirigido la palabra.
-Buenas Noches –Se atrevió a decir Patricia, sonriendo a los
ocupantes del vehículo. –Pues estamos bien, si.
-¿A dónde vais a estar horas? –Dijo el conductor.
Óscar miró a Patricia con cara de preocupación. La chica le
dirigió una sonrisa, y asintió levemente, en respuesta de una pregunta que
Óscar no había formulado verbalmente, pero si con la mirada.
-Vamos a la Frontera, a cruzar a España. –Dijo por fin el
chico.
-¿Vais solos? –Dijo la mujer que iba en el asiento del
copiloto, con una voz muy dulce y cálida.
-Sí. –Dijo tímidamente Patricia, con su voz angelical, de
niña dulce y cariñosa.
-¿Y a qué comunidad vais? –Dijo el conductor.
Los chicos se miraron un momento, sobre saltados, pues no
sabían las comunidades españolas. Bueno, algunas si, Madrid, Barcelona… pero no
sabían su ubicación en el plano.
El hombre los miró durante unos segundos, sonriendo.
-Por causalidad, ¿vais a Cáceres? –Dijo el conductor, aún
sonriendo. –Es que nosotros vivimos en Cáceres.
Los jóvenes pararon un segundo y se miraron mutuamente, cada
uno a los ojos. Aunque no dijeran palabra alguna, los dos sabían perfectamente
el tema de conversación. Pensaron durante casi dos minutos, en los cuales
tomaron una decisión definitiva.
-Bueno, si, vamos a Cáceres –Dijo Patricia, mintiendo, porque
uno, no iban a Cáceres, y dos, ni si quiera sabía donde se ubicaba.
-Oh, bueno, si queréis, podemos llevaros. –Dijo el conductor
muy amable. –También vamos a Cáceres, de hecho, vivimos allí.
Los dos miraron a los ocupantes del Vehículo.
-¿De verdad nos llevaría? –Dijo Óscar tímidamente,
escupiendo la primera frase desde que el coche había llegado hasta ellos.
-¡Claro! Anda, subid, atrás hay hueco, venga, no seáis
tímidos. –Dijo el conductor, colocándose bien en su asiento, esperando a que
los jóvenes entraran en el coche.
Patricia miró a Óscar, y Óscar a Patricia. Sin más preámbulos
el chico se acerca al coche, y abre la puerta de atrás, lentamente. Del coche
salió un aroma muy fresco y primaveral, seguramente algún ambientador de coche,
de esos que están de moda, con aroma a “Lavanda” o “Frutas del bosque”. El
chico tragó saliva, y dejó entrar a Patricia al coche primero, la que
lentamente, se adentró en el vehículo, sentándose en el sillón, y haciendo hueco
para que entrara Óscar. La mujer del conductor bajo del coche y fue hasta donde
estaba Óscar, antes de que este entrara, y le acarició el brazo lentamente, dedicándole
una sonrisa.
-Déjame las maletas, las pondré en portabultos –Dijo amablemente
la mujer.
-Gracias –Dijo Óscar dándole las 4 mochilas que llevaban en
total a la mujer, la cual fue lentamente hasta el portabultos, lo abrió dejando
las mochilas dentro y lo cerró nuevamente, dirigiéndose de nuevo a su asiento
de copiloto.
El chico entró en el coche justo al mismo tiempo que la
mujer cerraba el portabultos. Cuando ya estaban los cuatro dentro del coche, el
amable conductor se giró hacia ellos y les sonrío.
-Perdonad, no me he presentado, Juan Carlos, y ella mi mujer
Lidia.
Los dos jóvenes sonrieron.
-Yo soy Óscar, y ella es mi… -Hubo un paro en el tiempo en el
cual Óscar pensó en la palabra que iba a decir. Después de unos 8 segundos de
silencio, continuó la frase decidido. –Mi novia, Patricia –Dijo por fin el
chico.
Patricia se sonrojo, y sonrió ampliamente al oír la palabra “novia”
salir de la boca de Óscar. Quedó muy emocionada y contenta.
-¡Ala! Sois pareja, que bonito es el amor a vuestra edad –Sonrío
Juan Carlos, cogiendo la mano de Lidia. –Nosotros llevábamos 4 años casados, y
comenzamos a salir con 16 años, y nunca me he arrepentido de la mujer que
conocí –Dijo Juan Carlos besando la mano de Lidia, la que se sonrojo al segundo.
-Me alegro por vosotros –Dijo sonriendo Patricia, busca en
el sillón la mano de Óscar, la que encontró en poco tiempo, agarró fuerte.
-Gracias, espero que vosotros seáis muy felices también –Dijo
Lidia sonriendo a los jóvenes.
-Bueno –Juan Carlos miró su reloj, marcaba las 22:58. –Será mejor
que nos pongamos en marcha ya, así llegaremos antes –Dijo y se colocó bien el
cinturón, arrancando el motor al instante.
-¿A qué hora llegaremos a Cáceres? –Dijo Patricia, mirando
al conductor.
-Depende, ¿A qué parte vais?
Los jóvenes se miraron y Patricia tomó la palabra en esta
conversación.
-Bueno, en realidad, no vamos a ninguna parte. –Dijo la
chica tímida.
-¿Eh? ¿Cómo dices? ¿A qué te refieres? –Dijo el conductor,
mientras ya comenzaba a conducir el coche, aumentando la velocidad moderadamente.
-Pues, que… -Patricia dio un suspiro y continuó. –En realidad,
nos hemos, fugado de casa.
El conductor les miró por el retrovisor, pero no paró el
coche, cosa que le extraño a Patricia. Les miró con cara de preocupación.
-¿Fugado? ¿Por qué lo habéis hecho chicos? –Dijo Juan Carlos
mientras les miraba por el retrovisor.
-Es una larga historia –Dijo Óscar, interviniendo en la
conversación.
-Tranquilos, tenemos todo el tiempo del mundo, no haremos
nada malo, confiad en nosotros, explicaos. –Dijo Juan Carlos mientras los
miraba por el retrovisor cada varios minutos, ya que debía concentrarse en la
carretera.
Los jóvenes se miraron mutuamente, Patricia suspiró y Óscar
apretó la mano de la chica fuertemente, luego llevo la mano a sus labios y la
besó, sin quitarle ojo a Patricia, y después de besarle la mano, asintió
levemente.
La chica reaccionó con una leve sonrisa, sonrojándose después
de que Óscar besara su mano. Patricia, nervioso ante la situación, suspiró, y sin soltar la mano de Óscar, levantó la
mirada, dispuesta a contarle a esa pareja tan amable, todo lo ocurrido en el
pasado, mientras el coche se aleja lentamente de aquel inhóspito lugar en medio
de la nada, en dirección a la Frontera, para cruzar a Cáceres.
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